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El armisticio agropecuario

Compartimos un artículo de opinión del Ingeniero Enrique Martínez del Instituto para la Producción Popular

enriquemartinez

La Argentina granero del mundo tuvo su expresión plena hace un siglo. No fue por decisión propia, realmente. El imperio inglés en toda su vigencia, aún negociando con la emergente potencia norteamericana, tomó debida nota del enorme potencial de la pampa húmeda, a la que primero le asignó la responsabilidad de proveerlo de lana y luego de carne vacuna y ovina, trigo y maíz, limitando el agregado de valor en el país a aquellas actividades que mejoraran la eficiencia de la cadena de valor, pero reservando a la metrópoli los segmentos de mayor capacidad de generar trabajo.

Como en todo proceso colonial, en tal escenario se generó un sector social que se benefició con esa estructura productiva y una gran proporción de la población que no recibió más que pequeños derrames de esa riqueza. Unos y otros, en los 80 años de evolución entre 1850 y 1930, naturalizaron ese estado de cosas. Había ganadores con derecho y perdedores resignados.

Pasaron casi 100 años desde entonces, desde la crisis de Wall Street de 1928 que marcó un punto de inflexión en la evolución del capitalismo.

Muchas de las condiciones estructurales de aquel entonces son hoy diferentes y hasta muy diferentes. Sin embargo, la subjetividad de actores de primer nivel, de la política o de la producción, tiene tendencia a seguir mirando el país como en aquel entonces. O en todo caso, sigue instalada en los conflictos del primer gobierno peronista, donde la movilidad social ascendente y los derechos económicos y sociales de los trabajadores, hicieron imperioso pensar los escenarios de manera nueva y eso sucedió solo parcialmente.

Una primera gran condición estructural que se modificó es la separación entre agricultura e industria, que motivó políticas de transferencia de ingreso entre sectores, basadas en el intento de diseminar la renta extraordinaria extraída de una pradera de excelencia planetaria. No solo teóricos de la industrialización como Marcelo Diamand, sino también economistas liberales como Adalberto Krieger Vasena, desde el Ministerio de Economía, en 1967, sumaron las retenciones a la exportación como instrumentos de política pública, estableciendo así paridades diferenciales para el dólar.

50 años más tarde, sin embargo, la industria se ha integrado con la producción agrícola de una manera densa. Las semillas son producidas por ramas de corporaciones farmacéuticas, que utilizan modificaciones genéticas de alta sofisticación; las malezas tienen un control químico mucho más intenso; la maquinaria agrícola se ha cargado de elementos electrónicos, para detectar numerosas variables en el territorio y para automatizar tareas; con los granos se produce en el país biodiesel, alcohol anhidro, una enorme gama de sucedáneos de soja o maíz, especialmente.

La propia agricultura se ha vinculado entre sectores de manera más compleja. La producción de pollos o de leche depende mucho más de los precios de maíz o soja; el abastecimiento local de leche varía en función de la demanda internacional de leche en polvo; se exporta harina en mucha mayor proporción de la producción de trigo.

Algunos temas críticos, cabe agregar, siguen igual.

La exportación de productos del sector sigue controlada por un puñado de multinacionales;

los propietarios ausentistas, muchos extranjeros y otros muchos nacionales, siguen siendo legión;

la propiedad campesina de la tierra, con varias generaciones ocupando millones de hectáreas, sigue sin legitimarse, degradando de manera extrema las posibilidades productivas de más de un millón de personas;

la producción de esa agricultura familiar o la de pequeñas industrias alimenticias diversas está bloqueada en su acceso a los consumidores, por alianzas explícitas e implícitas entre grandes empresas productoras y las distribuidoras o comercializadoras urbanas;

La desprotección de trabajadores golondrina y de dependientes rurales estables es tan importante que hay más de 600.000 personas sin derechos laborales, cuya situación no es controlada ni defendida de manera concreta por nadie.

CÓMO AVANZAR

En tan enormemente complejo escenario, es necesario replantear metas y criterios.

Los grandes productores de granos y carne vacuna de ninguna manera son los únicos actores a atender y además, su hegemonía estructural es mucho menos relevante que cuando la Sociedad Rural Argentina pasó a considerarse el poder de referencia de la economía nacional. Justamente por eso, más allá de la subjetividad de los protagonistas, todos deben ser integrados al futuro económico, buscando con obsesión agregar equidad a cada uno de los vínculos.

Para dar algún ejemplo antes de reseñar un listado de iniciativas necesarias, no parece necesario apelar a las retenciones a las exportaciones, si es que hay instrumentos impositivos alternativos y además se puede garantizar que el abastecimiento al mercado interno no quede expuesto a las variaciones de los precios internacionales. Pero esa evaluación, tan cara a la subjetividad de los productores de granos, aún los pequeños, es socialmente inaceptable si la enorme cantidad de campesinos y de trabajadores sin derechos se mantiene sin variaciones a lo largo de décadas.

La relación entre el sector agropecuario y el Estado debe ser revisada y acordada en su conjunto y no por partes.

Sobre esa base, se detalla un listado básico de atributos que debiera tener un plan integral de política agropecuaria que respete todos los intereses y promueva el interés general.

1 – Propiedad de la tierra

Se debe recuperar de la manera más concreta posible la consigna de “la tierra para quien la trabaja”, destacando de manera permanente que la tierra es un bien a la vez escaso y de valor social. Por lo tanto, básicamente, hay que:

. Regularizar la propiedad de los campesinos que vienen reclamando por generaciones por sus derechos.

. Dar acceso a la propiedad a los productores hortícolas, que en su mayoría trabajan en condiciones inaceptables.

. Establecer diferencias en el impuesto inmobiliario entre los propietarios extranjeros, los propietarios nacionales ausentistas y el resto.

2 – Comercio exterior

. Creación de compañías exportadoras argentinas de granos y productos alimenticios industrializados, con la participación minoritaria del Estado y fracciones de capital reservadas a una participación nacional minorista.

3 – Tratamiento impositivo de la producción y de las unidades productivas

. Ausencia de retenciones a la exportación y utilización de reintegros para producciones de interés regional específico.

. Enérgico encuadre de todo trabajador dependiente en la legislación laboral y social vigente, con fuertes sanciones para los incumplimientos.

. Obligación de las explotaciones de más de cierta superficie de conceder a sus empleados residentes el derecho a uso de una fracción de tierra para producción peri doméstica.

4 -Procesos productivos

Las debilidades tecnológicas, tanto en la producción extensiva, como en las actividades intensivas, son notorias. Dolorosamente, suelen quedar escondidas u olvidadas detrás de los debates parciales y por lo tanto falsos, alrededor de la distribución del ingreso, que no encaran los análisis estructurales.

Esas debilidades son de diversa naturaleza.

Hay algunas situaciones en que se aplica tecnología controlada por corporaciones multinacionales y los actores nacionales son meros engranajes subordinados, que se apropian de la fracción de la renta que las corporaciones deciden. El paquete Monsanto, que modificó el modo de producción en toda la Pampa Húmeda, es el más evidente, aunque no el único.

Hay otros escenarios, en que hay segmentos pendientes de desarrollo e implementación en el país. Los subproductos ganaderos; el agregado de valor al suero de queso o a la sangre bovina; los derivados no alimenticios de la soja, siguen siendo citas bibliográficas conocidas en el país, pero no plasmadas en una estructura industrial que sigue esperando. Cuando hace algunos años los productores pequeños y medianos de soja decidieron darle valor a ésta a través del desactivado y extrusión para uso en alimentos balanceados, apelaron a equipos chinos que estaban disponibles en el mercado. Esa es la reacción normal de un sector que no está vinculado al conocimiento más que de una manera pasiva, donde se imitan innovaciones en paquete, salvo modestas excepciones como una fumigadora terrestre o una sembradora directa gigante, que llegan cuando el mundo ya utiliza robots de control de malezas para los cultivos hortícolas.

Hay un tercer plano, que muestra la dependencia económica, de la cual se desprende la faceta tecnológica, como es todo el proceso de exportación a cargo de corporaciones multinacionales, que incluye desde los procesos de transferencia a los de pesada, con habitual perjuicio para los chacareros, que son meros receptores de información que no controlan.

Por último, está el enorme déficit de tecnología aplicable por pequeños productores de cualquier bien. Las cosechadores de arrastre diseñadas por equipos INTI/INTA y abandonadas en su transferencia, por el neoliberalismo; la reducción a cuasi esclavitud de los productores hortícolas, que podrían adoptar soluciones algunas simples y otras más complejas para ahorro de trabajo, por transferencia rápida desde Japón u Holanda y desarrollo posterior local; los tambos fábrica que se piensan una y otra vez en el papel y nunca se ejecutan; la producción de pollos en pequeña escala en condiciones óptimas, liberando a los hoy integrados de su dependencia de grandes empresas; la utilización generalizada de la energía renovable en tambos, criaderos, plantas de acondicionamiento. La lista sigue al infinito.

Es cierto que podemos producir alimentos para 450 millones. Es más, podemos tener un sistema para nuestros 45 millones y otro para los restantes 400 millones, que no contamine al anterior con distorsión de precios y estructuras productivas.

El sistema de ciencia y tecnología es un actor pendiente central. En lugar de trabajar a demanda de las grandes corporaciones, hay que ponerse el overol y recorrer el campo moderno de verdad, en varias partes del mundo y luego el nuestro. Comparar, identificar baches, no caerse en ellos y pavimentar un camino de integración productiva de la agricultura a una Nación más justa.

Ocupémonos.

8/9/2019

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