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Reseña: Reforma Universitaria y Conflicto Social. 1918 – 2018

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Por Raúl Carnota (Programa de Historia de la FCEN-UBA)

Los cien años de la Reforma Universitaria motivaron numerosos trabajos y varios libros, que han analizado el episodio y sus consecuencias, tanto inmediatas como posteriores. Estos trabajos se suman a la gran cantidad ya existente desde la década de 1920. Un nuevo libro más sobre la Reforma debería entonces poder indicar qué vacío aspira a llenar, qué nuevo enfoque pretende aportar.

Conscientes de esto, en las primeras páginas de “Reforma Universitaria y Conflicto Social” sus autores señalan:

Este libro trata de llenar un vacío de la bibliografía clásica sobre la Reforma cordobesa del ‘18. Generalmente se la describe como un hecho educativo y juvenil del pasado, una rebelión de estudiantes contra la oligarquía profesoral y el anacronismo de la enseñanza. En nuestra investigación nos basamos en una sólida base documental para demostrar que los estudiantes formaron parte de un proceso social mucho más amplio contra la clase dominante cordobesa, en el que la clase obrera jugó un papel protagónico.”

En este sentido Díaz de Guijarro y Linares consideran que “una parte importante de los hechos que precedieron y rodearon la Reforma de 1918 está prácticamente ausente en casi toda la bibliografía que la estudia. Nos referimos a la relación del movimiento estudiantil cordobés con los sindicatos obreros y las luchas de los trabajadores.”

Sin embargo, no es intención de los autores descalificar la bibliografía existente. En sus palabras: “No pretendemos escribir un tratado general sobre la Reforma, ni sustituir o contradecir los importantes trabajos de investigación que nos precedieron. Vamos a referirnos en forma privilegiada a aspectos que han sido poco considerados en esos textos.”

Un segundo aspecto para destacar es que “Reforma Universitaria y Conflicto Social” busca, con nuevas y sólidas evidencias sobre los acontecimientos del pasado, “entender mejor el presente y proponer alternativas futuras”.  Así es como, en su segunda parte, se ubica en el presente para discutir la actual tendencia a instalar en las universidades el modelo empresarial y mira hacia el futuro para esbozar “una nueva universidad para una sociedad más justa.”

Luego del Capítulo I, donde se expone el enfoque general que comentamos más arriba, se desarrolla la primera parte del libro, con cinco capítulos dedicados a los antecedentes, circunstancias y consecuencias inmediatas del movimiento cordobés, incluyendo su expansión continental. Al ampliar el panorama de la historia clásica de la Reforma, el libro pone en escena dos actores fundamentales del proceso que se vivió en Córdoba: la oligarquía cordobesa (más allá de su incidencia en los claustros) y la clase obrera local (más allá de su reconocido apoyo al movimiento estudiantil).

Por un lado, en el capítulo II, se muestra cómo se fue conformando desde la segunda mitad del siglo XIX una peculiar clase dominante en la provincia que, a través de una cerrada trama de alianzas, regía todas las instituciones centrales cordobesas.

“Cotejando los nombres de los profesores universitarios y de los miembros del gobierno provincial con los dueños de las empresas y los dirigentes de las entidades patronales, se encuentran numerosas coincidencias. Las camarillas oligárquicas, particularmente las clericales, hegemonizaban el control de todos los resortes del poder.”

Por otra parte, en el capítulo III se destaca la existencia de una clase obrera numerosa y crecientemente sindicalizada, concentrada principalmente en los ferrocarriles, las fábricas de calzado, los molinos harineros y la construcción. Esta clase obrera comenzó a protagonizar, durante 1917, una serie de huelgas por reclamos gremiales, parte de una ola que se extendió por otras regiones del país y que también reflejaba el impacto que había logrado entre sectores de trabajadores la reciente Revolución Rusa. Para esa época se fundó la Federación Obrera Local (FOL),

En ese contexto, el crescendo del movimiento reformista, cuyos antecedentes y causas inmediatas son considerados en detalle en el inicio del Capítulo IV,  se entrelazó con el de la ascendente movilización obrera. Tal como los autores expusieron en los capítulos previos, tanto obreros como estudiantes enfrentaban a la misma trenza oligárquica, encarnada en un selecto grupo de familias entrecruzadas por el matrimonio y los negocios. Esta configuración -se señala con perspicacia- es una característica peculiar de la situación cordobesa, de la cual la inédita comunidad de acción obrero estudiantil de aquel 1918 es en buena medida deudora. Esta comunidad, que se vio en las calles, merece aquí una cita in extenso que también da cuenta de la inmersión de los autores en los registros de la época:

“La crisis universitaria se produjo simultáneamente con varias huelgas obreras, en las que los trabajadores enfrentaban a la misma oligarquía, que dominaba en todos los órdenes de la provincia. La FOL declaró públicamente su apoyo a la huelga universitaria. Además, desde el 1° de mayo estaban en huelga los obreros molineros de todo el país…A esa huelga habían adherido otros establecimientos similares, entre ellos el molino Letizia, de los hermanos Minetti, el más grande de Córdoba. El conflicto sólo se resolvió en agosto, con el triunfo de los trabajadores, de modo que la indignación estudiantil confluyó con la resistencia obrera y el 23 de junio, en un acto en el que habló el dirigente socialista Alfredo Palacios, se reunieron alrededor de diez mil personas. Allí, tal como se ve en la fotografía, los estudiantes que llevan pancartas que representan a sacerdotes oscurantistas huyendo de un sol naciente se mezclan con los rostros sufrientes de trabajadores…Las imágenes fotográficas muestran la multiplicidad de edades de la concurrencia y la fuerte proporción de obreros en un acto que, tanto la prensa de la época  como los relatos tradicionales de la Reforma califican meramente de estudiantil.”

Luego del fracaso de las reformas al estatuto promovidas por Matienzo, el primer interventor enviado por el gobierno nacional a la Universidad Nacional de Córdoba (UNC),  se produjo la ruptura del 15 de junio (desde entonces la fecha representativa de la Reforma), cuando los estudiantes reformistas ocupan la sala de sesiones de la Asamblea Universitaria, desconocen la elección del rector Nores y declaran la huelga general. El gobierno encabezado por Hipólito Yrigoyen vacila y, cuando la firmeza de la huelga provoca la renuncia de Nores, recién nombra un nuevo interventor (el ministro de Instrucción Pública Salinas) que, sin embargo, deja pasar las semanas sin asumir su función. Respecto de este punto el libro enfrenta cierta idea actual que le otorga al gobierno radical un rol protagónico en el proceso de la Reforma.  En realidad, la oligarquía cordobesa participaba tanto del partido conservador como del radical, donde también incidía el sector clerical opuesto a todo cambio. Estas vacilaciones del gobierno de Hipólito Yrigoyen duraron hasta la toma de la Universidad de Córdoba por parte de los reformistas el 9 de septiembre, que fue disparadora de la llegada del interventor y de la sanción de un nuevo estatuto que establecía la participación estudiantil en la elección de los consejos directivos (aunque no la inclusión de estudiantes en los mismos).

En este punto registramos otro aporte novedoso del libro: señalar la conexión estrecha entre este hito de septiembre y la agitación obrera que culminó con la gran huelga general que paralizó la ciudad en los primeros días de ese mes. Inicialmente convocado por la FOL en apoyo al gremio del calzado, el paro fue apoyado por la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) y, como relata en sus memorias Miguel Contreras, destacado dirigente obrero en ese momento, citado por los autores:

“Y no fue un mero apoyo de palabra. Nos mandaron todos los estudiantes y nosotros organizábamos los piquetes de huelga desde la Federación Obrera Local.”

La huelga se lanzó el primero del mes en un gran acto al que concurrieron unas 20 mil personas (en una ciudad de 150 mil habitantes) y en cuyas tribunas hablaron dirigentes estudiantiles, como lo señala el diario La Nación del día siguiente:

“Los presidentes de la Federación Universitaria de Córdoba, Sres. Barros y Valdés, asistieron el domingo al mitin obrero verificado en aquella ciudad y pronunciaron discursos, naturalmente juveniles, es decir violentos, en pro de las reivindicaciones de los artesanos.”

Luego de violentos choques con la policía y varios días de parálisis total de la ciudad, se llegó a un acuerdo favorable a las demandas obreras. Es éste el clima en que los estudiantes deciden presionar al gobierno nacional, tomar la universidad y hacerse cargo de que vuelva a funcionar

Los años inmediatamente posteriores al suceso reformista fueron también muy agitados, con conflictos obreros apoyados por la FUC, paros y represión, hasta que se produjo un reflujo en 1921 que también lo fue para el movimiento estudiantil. El Capítulo V pone el acento en estos procesos, que incluyeron sucesivas diferenciaciones. Así como Horacio Valdes se enrola en la Liga Patriótica, hay un núcleo que se diferencia hacia la izquierda, con manifiestas influencias de la Revolución Rusa. Estos debates y derivas ideológicas son analizadas por los autores sobre la base de las notas publicadas en la Gaceta Universitaria, órgano de la FUC. Estos artículos muestran la tendencia que adquirió un importante sector del movimiento estudiantil cordobés en los años posteriores a la Reforma y su análisis es también un aspecto poco trabajado en las historias de la Reforma.

Durante la eclosión de las luchas de 1918… esas diferentes vertientes ideológicas convergieron en las reivindicaciones anticlericales de la Reforma y se unieron en la práctica a las luchas obreras en las calles. Un año más tarde, ante la necesidad de completar programáticamente los amplios objetivos reformistas, las posturas políticas se diferenciaron de manera más nítida. Mientras algunos estudiantes que habían apoyado la Reforma se replegaban e incluso giraban hacia posiciones de derecha, la división del socialismo con la aparición del Partido Socialista Internacional, luego Partido Comunista, influyó sobre el sector más radicalizado.”

Luego de relatar los retrocesos marcados a lo largo de la década, ya sea por una ofensiva antirreformista ya sea por la revitalización de las viejas prácticas académicas, retrocesos y estancamientos asociados también a un reflujo de las luchas obreras, el capítulo se cierra con el golpe de 1930 y con la definición del II Congreso Nacional de Estudiantes, en 1932, que sintetiza las interpretaciones políticamente más avanzadas del fenómeno reformista.

El Segundo Congreso mantiene la afirmación de que la Reforma Universitaria es parte indivisible de la  Reforma Social

El Capítulo VI, el último de la primera parte, está dedicado a la expansión continental de la Reforma. Es sabido que éste fue un fenómeno muy amplio que abarcó casi toda la región latinoamericana. Coherentes con su criterio de no replicar la historiografía existente sino de señalar aspectos que en su visión resultan significativos, los autores se detienen, con cierto detalle, en las repercusiones de la Reforma en Perú y Cuba puesto que:

El enfoque con que encaramos nuestro trabajo destaca la relación entre el movimiento reformista cordobés de 1918 y las huelgas obreras y lo define como un amplio conflicto social. Por ese motivo, en este capítulo nos detendremos a analizar fundamentalmente la polémica que se produjo a escala continental en la década de 1920 entre dos concepciones antagónicas de las implicancias políticas de la Reforma. Una es la de Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú, que condujo a la formación del APRA y destacó el papel de la juventud como vanguardia política y sostuvo una postura antiimperialista pero de colaboración de clases. La otra es la de Julio Antonio Mella en Cuba, uno de los fundadores del Partido Comunista de ese país, quien sostuvo que la vanguardia de los cambios sociales es la clase trabajadora y que el movimiento estudiantil y la juventud deben acompañar el proceso de luchas, pero manteniéndose independientes de los partidos que sostienen el sistema capitalista.

La segunda parte del libro se abre con el Capítulo VII “A cien años del conflicto cordobés”. Luego de un breve repaso de las circunstancias históricas del siglo transcurrido Díaz de Guijarro y Linares advierten que, fieles a su criterio inicial,

Describir las políticas educativas y la trayectoria del movimiento estudiantil a través de esas circunstancias tan variadas excede en mucho el alcance de este libro. Remitimos para ello a la abundante bibliografía existente, que abarca diferentes períodos y enfoques.”

Luego indican con claridad cuál será el foco de esta segunda parte.

“…nos enfocaremos en particular en el surgimiento en nuestro país de la corriente económica y política denominada “neoliberalismo” y en las características de los primeros años del siglo XXI, para desarrollar … la situación actual y esbozar una propuesta alternativa para las universidades, que pueda compararse, a pesar del tiempo transcurrido, con los ideales de la Reforma de 1918.”

Con este propósito los autores muestran cómo, asociado al despliegue del neoliberalismo en el mundo, desde mediados de la década de 1970 se fue conformando el modelo de “universidad empresarial” donde se propició la introducción de sistemas de control administrativo en las universidades similares a los del mundo de los negocios, en línea con una adecuación de la educación y la ciencia “a las demandas empresariales, priorizando los conocimientos utilitarios en detrimento de los de cultura general y de las ciencias humanas y sociales.”

Esta deriva global es presentada con las peculiares circunstancias históricas del caso argentino, comenzando por la dictadura cívico militar iniciada en 1976 y pasando luego por el impulso que tuvo dicho modelo empresarial durante las presidencias de Menem. El capítulo realiza una evaluación matizada del ciclo kirchnerista, del que valora el incremento del presupuesto educativo y de las condiciones salariales y de trabajo de los docentes, así como la apertura de nuevas universidades que permitieron el acceso a miles de jóvenes “primera generación de universitarios” de sus familias. Como contraste “los lineamientos generales de la política universitaria no tuvieron grandes cambios. La LES siguió vigente y no se alteró la composición de la CONEAU…. (y) … Los planes del MINCyT se centraron “en el impulso a los acuerdos entre el Estado y la industria privada.” Así concluyen que “el problema medular del sistema educativo siguió sin resolverse. ¿Universidad para qué?, ¿ciencia para qué?” Estas limitaciones derivan para los autores de que “las grandes empresas y el capital financiero continuaron controlando los resortes clave de la economía y de la política.”

Este capítulo se cierra con una apreciación que da pie en los últimos tramos del libro para alentar la esperanza de un proyecto diferente.

Si el modelo mercantilista no se impuso totalmente en las universidades argentinas se debió a que, un siglo después de la Reforma, la tradición y la vocación democrática y social de una parte importante del estudiantado y de la docencia le pusieron y le siguen poniendo un freno.

El Capítulo VIII “El neoliberalismo en el poder” realiza un crudo y documentado análisis de los pasos dados por la restauración conservadora, en los pocos años desde que recuperó el gobierno en 2015, en el contexto de un mundo cada vez más injusto y desigual. La participación directa de los grupos económicos concentrados en el gobierno se asienta en los cuerpos gerenciales de dichas empresas y su sesgo ideológico no puede desconectarse de sus formaciones académicas. En 2016, según estudios de FLACSO,

El 47.9% de los que ocupan cargos de secretarios y ministros de Cambiemos y que tienen título universitario hizo su carrera de posgrado en el exterior, mayoritariamente en Estados Unidos. El 33.3% en universidades privadas argentinas y sólo el 18.8% en universidades públicas

Los últimos dos capítulos de Reforma Universitaria y Conflicto Social funcionan como exposiciones de dos proyectos contrapuestos.

El Capítulo IX “Universidad, ciencia y tecnología en el neoliberalismo”, ahonda en la concepción neoliberal y en los caminos concretos que intenta transitar el gobierno de Cambiemos para avanzar también sobre la educación para completar su hegemonía. Entre ellos la descalificación del pensamiento crítico, el ahogo financiero de las universidades nacionales, el apoyo a las privadas que son los “verdaderos centros de formación de CEO´s y funcionarios” como se indicó antes. Numerosas expresiones de funcionarios o asesores del gobierno son utilizadas aquí para ilustrar qué es lo que los autores entienden por modelo empresarial de la universidad. En el mismo sentido se señala la deriva de los planes y proyectos de ciencia y tecnología, donde “la orientación que prevalece… se corresponde con la tendencia mundial impulsada por los organismos transnacionales de crédito. Lo que se promueve prioritariamente es aquello que “da ganancia” o que “sirve al mercado”. Diversos casos presentados en el texto dan cuenta de cómo el gobierno argentino de Cambiemos lleva adelante esta mercantilización del sistema CyT.

El Capítulo X parte de destacar la firme posición de las sucesivas Conferencias Regionales de Enseñanza Superior (CRES), la última de las cuales se realizó precisamente en Córdoba en el centenario de la Reforma. Frente al modelo empresarial y la idea de la enseñanza superior como un mercado donde el estudiante es un “cliente” que  paga para obtener un título que le permita ascender socialmente, las sucesivas CRES la han definido como “un bien público y social, un derecho humano y universal y un deber de los estados”. A partir de estos conceptos se perfila un modelo de universidad volcada centralmente a que la sociedad que la mantiene pueda usufructuar sus beneficios. En el resto del capítulo se desarrollan algunos rasgos que “Una nueva universidad para una sociedad más justa” debería tener en el plano pedagógico, de investigación y de extensión. Para alcanzarla los autores plantean la noción de “segunda reforma” y sus condiciones de posibilidad y para hacerlo se apoyan en la interpretación de la Reforma del 18 como conflicto social que fue presentada en la primera parte.

El alcance de la Reforma de 1918 fue posible gracias a que la clase obrera se encontraba en lucha contra la misma oligarquía que dominaba la universidad cordobesa. La enorme presión social obligó al gobierno a acceder a los reclamos. El reflujo de las movilizaciones y el advenimiento de gobiernos reaccionarios frenaron los cambios educativos, que sufrieron altibajos a lo largo del siglo, acompañando de manera conflictiva y a veces contradictoria los vaivenes de la política argentina. Una nueva universidad será posible cuando la clase trabajadora y los sectores populares reviertan la injusta situación actual y el país pueda encaminarse hacia una forma social que no se base en el lucro y el individualismo.”

Los méritos de Reforma Universitaria y Conflictos Social son varios. En primer término, la realización de aportes significativos a la historiografía de la Reforma. En segundo lugar, la sólida presentación del conflicto actual, donde la trenza clerical ha sido reemplazada por un bloque hegemónico secular, que busca someter totalmente a las universidades al modelo empresarial. Pero no se trata de la yuxtaposición de dos partes, ambas valiosas. La poco explorada interrelación de un siglo atrás entre las luchas universitarias y las obreras es convertida por los autores en la guía para proyectar una “segunda reforma” que lleve de la universidad empresarial a la universidad al servicio de una sociedad más justa e igualitaria.

Reforma Universitaria y Conflicto Social. 1918 – 2018

Eduardo Díaz de Guijarro y Martha Linares

Editorial Batalla de Ideas – Buenos Aires, 2018

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La ciencia, un asunto político

Compartimos la entrevista realizada a Gabriel Bilmes y Santiago Liaudat, miembros de la Cátedra Ciencia, Política y Sociedad y del comité editorial de la revista Ciencia, Tecnología y Política, realizada por Pablo Esteban y publicada en Página /12 el día 7 de agosto de 2019.

gua-9023-0Gabriel Bilmes y Santiago Liaudat presentan la revista Ciencia, Tecnología y Política

La publicación discute el rol de la CyT en el sistema productivo y la función social de los investigadores. Los ecos de Oscar Varsavsky, Rolando García y Ciencia Nueva, esos clásicos de los 60 y 70 que no pasan de moda.

Por Pablo Esteban

Imagen: Guadalupe Lombardo

Ciencia, Tecnología y Política (CTyP) es una revista de la Cátedra Libre “Ciencia, Política y Sociedad: Contribuciones a un Pensamiento Latinoamericano” de la Universidad Nacional de La Plata. De carácter semestral, ya va por el segundo número y, como alguna vez lo hiciera Ciencia Nueva a principios de los 70, promete patear al tablero. Desde su trinchera, sus mentores y máximos responsables, el físico Gabriel Bilmes y el filósofo Santiago Liaudat, persiguen un objetivo preciso: que la ciencia se vuelva política y que la política, de una buena vez por todas, observe con otros ojos los aportes que pueden realizar los científicos. Para ello, desempolvan una tradición epistemológica con raíces latinoamericanas y exhuman, entre otros, el legado del químico Oscar Varsavsky, cuyas ideas revolucionarias aún rebosan de vigencia.

–¿Por qué es necesaria una revista como CTyP? ¿En qué sentido continúan con una tradición latinoamericanista?

Gabriel Bilmes (GB): –Es una revista política que busca transformarse en una caja de resonancia, capaz de generar debates y nuevas ideas respecto de qué hacer con la ciencia y la tecnología en Argentina. En un modelo neoliberal, extractivista y financierista como el que atravesamos hoy en día, la generación de conocimiento autóctono no tiene mucho sentido. Debemos pensar en otro escenario, uno donde el desarrollo económico, la soberanía y la inclusión utilicen las herramientas de la CyT. Tenemos que construir un sistema científico articulado y enmarcado en un proyecto nacional. Como sabemos, no existen políticas de Estado para el sector.

Santiago Liaudat (SL): –El pensamiento latinoamericano tiene plena vigencia, no se trata de un tesoro del pasado. Intentamos recuperar el legado vivo de científicos y tecnólogos que se preocuparon por discutir qué características debía tener la ciencia y la tecnología en nuestro país. Todos los artículos que incluimos no solo son descriptivos o analíticos sino que incorporan propuestas de políticas públicas claras y líneas de acción contundentes.

–El caso de Oscar Varsavsky, a fines de los 60, fue emblemático por su espíritu propositivo.

GB: –Sí, sobre todo, nos enseñó a reflexionar de manera situada, a discutir qué tipo de ciencia y tecnología necesitaba la región más allá de los postulados de universalidad y neutralidad que se tejieron, históricamente, desde los países centrales. Tanto sus aportes como los de Jorge Sabato o Amílcar Herrera siguen siendo fundamentales para poder desmadejar la realidad que nos toca. Nosotros intentamos, asimismo, rescatar sus contribuciones en un sentido militante: la ciencia y la tecnología tienen la función de garantizar el desarrollo del país. Pretendemos hacer algo similar a lo que hacía la revista Ciencia Nueva a comienzos de los 70; que la ciencia vuelva a concebirse como asunto político.

–¿Por qué el legado que dejaron estos científicos politizados de la década de los 60 y 70 no fue tan recuperado como se merece?

SL: –Durante la dictadura, muchos autores debieron exiliarse y sus obras fueron quemadas. Durante los 80 y los 90, el mapa intelectual se reconfiguró y, claramente, se privilegió la mimesis de lo que sucedía en las naciones del norte. Se tendió a copiar sus recetas y a importar de manera acrítica aquellos discursos vinculados al fomento de la innovación, en detrimento de los imaginarios que asociaban a la ciencia y la tecnología con las teorías del desarrollo. El Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo (Placted) –donde se enmarcan muchos de los aportes de estos investigadores– comenzó a recuperarse con el cambio de siglo, precisamente, cuando nuestros países revisaron las tradiciones críticas que habían surgido antes del golpe.

GB: –En la medida en que los gobiernos encaran proyectos que relacionan a la ciencia y la tecnología con el desarrollo industrial y la soberanía emergen, de nuevo, ideas como las de Varsavsky. Son categorías que siempre permanecen latentes porque, aunque fueron desplegadas hace mucho tiempo, todavía rebosan de frescura.

–No es casualidad que Hugo Chávez, en 2005, haya recuperado a Varsavsky para diseñar los puntos claves la ley de Ciencia, Tecnología e Innovación venezolana.

GB: –Incluso, hay una anécdota que cuenta que al ser recluido tras el golpe de 2002,  Chávez leía “Ciencia, Política y Cientificismo”, libro central del científico argentino. Nosotros lo reivindicamos profundamente pero también lo criticamos en la revista. Sobre todo, porque ya fue muy bien criticado antes por otros intelectuales de increíble lucidez como Rolando García. El propio Varsavsky queda preso del cientificismo que acusa cuando propone a la ciencia y la tecnología como solución a todos los males del país. Piensa que nuestros países necesitan una revolución y que ésta debe ser planificada desde el laboratorio. Queda enfrascado.

–García hace hincapié en que los científicos no deben ser los protagonistas de la revolución, porque ese lugar le corresponde al pueblo. ¿Cuál creen que debe ser el rol de los investigadores en la actualidad?

SL: –Las formas de cientificismo pueden detectarse en todos los niveles. La persona que se especializa en sociología del trabajo no propone políticas laborales, de la misma manera que el experto en educación no se preocupa por transformar el sistema. ¿Los científicos no trabajan? Por supuesto que trabajan y mucho, pero creemos necesario que todos sus aportes tengan una vinculación directa con el complejo productivo de la nación.

GB: –La mayoría de los científicos somos ignorantes respecto de otras cosas que no tienen que ver con nuestra especialidad. En general, no somos cultos y eso es parte de la formación que recibimos. Aprendemos una mirada compartimentada de la realidad. No creo que haya que pedir a los científicos un mayor grado de politización, sino un mayor grado de responsabilidad social con sus productos. Desde CTyP estamos abiertamente enfrentados a la idea de que el investigador produce conocimiento y quien lo utiliza es el único responsable. Después de Hiroshima no hay más lugar para las ingenuidades.

–Cualquier científico podría decir que es imposible conocer las aplicaciones que tendrá su conocimiento de antemano…

GB: –Si bien es cierto que no se puede predecir absolutamente todo, también hay que sincerarse y señalar que hay rumbos muy claros. Nadie puede desconocer que la industria tecnológica mundial está fuertemente movilizada por la carrera militar. Todavía se cree, ilusoriamente, que al científico hay que dejarlo solo, que se maneje por su cuenta y la realidad no funciona así porque, sencillamente, muchas veces no saben qué hacer. Es el modelo Houssay que perdura y no corrige sus errores. ¿Por qué la sociedad debería pagar a sus intelectuales y dejar que ellos decidan qué hacer? ¿No es mejor que haya políticas públicas y que sus actividades tengan un sentido superador, que desborde individualidades?

SL: –Todo se relaciona con la estructura dependiente de nuestros países. Producimos ciencia para el mainstream internacional que no responde, naturalmente, a nuestras necesidades. Este fenómeno impregna la cultura científica local respecto de lo que se cree que se hace y lo que efectivamente se hace.

–¿Qué se hace y qué se cree que se hace?

SL:–La práctica cotidiana del científico es producir artículos científicos para revistas internacionales. Así es como se construye un imaginario en que la ciencia y la tecnología contribuyen al progreso de nuestras sociedades cuando en verdad no está tan clara esa explicación. Se advierte una crisis de sentidos, sobre todo, en los jóvenes investigadores que se preguntan este tipo de cosas y no encuentran respuestas. Por eso, debemos recuperar la figura del científico politizado, aquel que se preocupa por lo que hace y por las consecuencias que podría tener su trabajo. Al mismo tiempo, la exigencia es doble: le pedimos a la ciencia que se vuelva política pero también a la política que tenga otra comprensión de la ciencia. En el futuro, no podemos permitirnos un nuevo Barañao.

poesteban@gmail.com

 

 

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Columna radial: Genomas y medicina de precisión

rolando-gonzalez-joseEn este enlace es posible acceder al espacio de la Revista Ciencia Tecnología y Política en el programa de ADN Ciencia, que fue trasmitido por radio Universidad Nacional de La Plata, AM 1390, el 24 de junio de 2019. Allí entrevistamos a Rolando González-José, investigador del Conicet y director del Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas.

Aprovechamos para recuperar el artículo Genomas, enfermedades y medicina de precisión: Un Proyecto Nacional, que salió públicado en el último número de la Revista CTyP.

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